El sonido de tus manos acariciándola; con esa caricia única que sólo los expertos como tú pueden ofrecer; esa misma caricia que te permite recorrerla a tus anchas, con manos, ojos, oído, boca, pies…
Ella se abre ante ti como con los otros, pero tú y sólo tú, la recorres con frenesí y con calma, con sed y con hambre; luchas contra ella pero no con violencia, ni rabia, ni temor, lo haces como un amante que sabe esperar el momento oportuno para entregarlo todo.
Y ella te recibe, con todo lo que le das y te calma con los dulces murmullos que comparte contigo y por ti.
Y cuando la dejas, cuando te aburres de recorrerla, cuando tus músculos se resienten con el esfuerzo, cuando tu piel no soporta el ardor y decides abandonarla ella no te reclama, no se siente ofendida ni utilizada; así como tampoco tu te niegas a compartirla.
Es un acuerdo tácito entre ambos, donde ambos obtienen lo que deben y todo marcha a la perfección.
Aunque ella nunca sea la misma, siempre es igual…
miércoles, 19 de mayo de 2010
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